La confesión, entre risas, es de Marina Bellati, pero la historia de cómo llegó ahí es aún mejor. Su nombre mismo fue una apuesta. Su madre, la diseñadora Clara Ibarguren, quería llamarla Bianca, inspirada en Bianca Jagger. Pero una tarde, su padre se escapó al hipódromo y apostó a la jocketa Marina Lezcano, que ganó. De esa anécdota nació su nombre. “Recuperé algo del original, porque mi mail sigue siendo Bianca Bellati”, bromeó.
Nacida el mismo día que Brigitte Bardot (un 28 de septiembre, 44 años después), Marina creció en una casaquinta en Don Torcuato. Hija de padres separados, su infancia fue todo menos común: “Era una granja hippie, sin vacunas ni televisor hasta los 15. Mi infancia fue lúdica, caótica, y con una mamá que recién empezaba en la moda. No había lujos, pero sí magia”.
Pasó por colegios bilingües y por realidades opuestas. “Mi abuela vendía obras de arte para pagarnos la educación. Era una familia patricia venida a menos. No era apariencia, era esfuerzo”, recuerda
A los 19 se fue a España. Ahí trabajó de camarera y en un call center cobrando deudas. Entre esos días de supervivencia y noches de teatro, estudió con Nora Moseinco y Ricardo Bartis, y empezó a entender que el juego podía ser trabajo.
Su debut televisivo fue en Medios Locos, con Mex Urtizberea, y luego Los Roldán le abrió la puerta grande. Desde entonces, brilló en Solamente vos, Envidiosa, y hoy se consagra en Viudas negras: ptas y chorras, donde hace estallar de risa incluso al presidente Milei.
Fanática de Boca Juniors y de Sandro, tatuada y apasionada, Marina mezcla humor y profundidad. “No soy una actriz metódica. Soy intuitiva. Y creo que hacer reír es más difícil que hacer llorar”. Cuando le preguntan por qué actúa, responde con serenidad: “Porque me hace más llevadero el largo viaje hacia la subsistencia”.

